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Eutanasia: el caso de la chica española reabre el debate sobre el derecho a morir que Argentina aún se debe

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DEBATE PENDIENTE. ¿quién decide cómo y cuándo termina una vida? | Freepik / Gza Entrevistados
DEBATE PENDIENTE. ¿quién decide cómo y cuándo termina una vida? | Freepik / Gza Entrevistados
  • Mientras Uruguay ya tiene una ley al respecto y el mundo regula en diferentes formas estas situaciones, en nuestro país el tema sigue siendo un tabú legislativo.
  • Un reciente informe del Centro de Investigaciones Sociales de la UADE traza los contornos de un debate que, tarde o temprano, va a llegar.

Hay una pregunta que la sociedad argentina esquiva con llamativa eficiencia¿quién decide cómo y cuándo termina una vida? No la del otro, no en abstracto. La propia. La de alguien que padece un sufrimiento que considera insoportable e irreversible y que pide, con lucidez y constancia, que lo ayuden a morir.

En nuestro país esa pregunta no tiene respuesta legal. Y, según los expertos, ni siquiera tiene un debate parlamentario apropiado. Hubo proyectos, declaraciones ocasionales y un silencio que apenas llega a discusión cuando aparecen noticias impactantes de afuera, como el reciente caso de Noelia, en España.

El contraste con lo que ocurre en Uruguay es difícil de ignorar. En 2024, el país vecino aprobó la Ley de Muerte Digna y se convirtió en el primer Estado de América Latina en autorizar la eutanasia activa. No fue un salto al vacío: el régimen es estricto, exige mayoría de edad, aptitud psíquica demostrada, padecimiento irreversible con sufrimiento considerado insoportable, información completa sobre todas las alternativas disponibles, incluidos los cuidados paliativos, ratificación final ante testigos y evaluación de al menos dos médicos.

 

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Un informe reciente elaborado por el Centro de Investigaciones Sociales de la UADE analiza en detalle este escenario y coloca a Argentina y Uruguay como los dos polos de un debate regional que apenas empieza.

Derechos en espera

Argentina no está totalmente en blanco en esta materia. Desde 2009, las leyes 26.529 y 26.742 reconocen el derecho de un paciente a rechazar o interrumpir tratamientos, a solicitar la retirada del soporte vital y a recibir cuidados paliativos. La jurisprudencia acompañó: el caso Bahamondez, en 1993, reconoció el derecho a rechazar tratamientos por convicciones personales. Y, en el 2015, la Corte Suprema permitió retirar el soporte vital de un paciente que estuvo en estado vegetativo durante veinte años.

Marcos Breuer, investigador de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba, explicó que “la ‘asistencia médica a la muerte voluntaria’ engloba dos prácticas relacionadas: eutanasia y suicidio médicamente asistido. La diferencia radica en si un médico proporciona efectivamente el medio o si el profesional solo ayuda al paciente a que tenga su muerte voluntaria”.

En el mundo, la situación de la ‘asistencia médica a la muerte voluntaria’ es diversa

Según recordó Breuer, en el mundo, la situación de la ‘asistencia médica a la muerte voluntaria‘ es diversa. “Hay países que tienen legislación al respecto, y el más reciente es Uruguay. Otros están en una fase de despenalización de estas situaciones, por medio de -por ejemplo- una sentencia que defiende la decisión del paciente”.

En Argentina existe el concepto de “eutanasia pasiva”: no hacer, dejar de hacer, no prolongar artificialmente lo inevitable. Pero sigue siendo delito cualquier acción destinada a provocar la muerte de manera directa. La eutanasia activa y el suicidio asistido no existen legalmente en la Argentina.

En el 2024 circuló en la Cámara de Diputados argentina un proyecto de ley de buena muerte, pero no prosperó. No porque el debate haya sido profundo y resuelto en contra, sino porque directamente no llegó a darse.

En ese sentido es válido lo que cuenta Jorge Mukdsi, docente de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Córdoba. “Actualmente, todos los planes de estudio de grado de nuestra facultad abordan la problemática de la eutanasia y de la muerte digna. Y en bioética, se reflexiona de forma holística sobre el tema de las intervenciones terminales, la medicalización de la muerte y otros temas, siempre desde una visión de máxima dignidad humana.

El informe de UADE pone otro foco en un punto complejo: ¿qué pasa cuando el sufrimiento no es físico sino psicológico? ¿Puede alguien pedir eutanasia por depresión severa resistente al tratamiento, por un trastorno de personalidad crónico, por un sufrimiento mental que el propio paciente considera ya irremediable?

La pregunta no es retórica. En Bélgica y los Países Bajos, que tienen legislación desde 2002, ya se aceptan solicitudes psiquiátricas bajo condiciones muy estrictas. En los Países Bajos se registraron 138 casos de ese tipo en 2023. En España, la ley no excluye diagnósticos psiquiátricos, pero en la práctica los casos son excepcionales. Es que hoy no existen protocolos clínicos estables para evaluar irremediabilidad en salud mental. Ese es el nudo central: la irremediabilidad, criterio básico para cualquier sistema de eutanasia. Este es manejable cuando se trata de un cáncer terminal o de una enfermedad degenerativa sin retorno. Cuando se trata de sufrimiento psíquico, el concepto se vuelve resbaladizo.

Las creencias religiosas

Ningún análisis de este tema puede ignorar el peso de las posiciones religiosas, que en Argentina -y en Uruguay durante el debate de la ley- operaron como factor activo en la formación de opinión pública y en la presión legislativa.

La Iglesia Católica rechaza la eutanasia por considerarla incompatible con la dignidad humana. El Papa Francisco habló de “falsa compasión” y advirtió contra una “cultura del descarte”. Las autoridades rabínicas en su mayoría equiparan la eutanasia al suicidio y, cuando interviene un tercero, al homicidio.

El Islam mantiene una oposición doctrinaria firme: la vida es un don divino y ningún ser humano puede decidir su término. Ante la aprobación de la ley uruguaya, la Conferencia Episcopal de ese país sostuvo que quitar la vida a un paciente no es moralmente aceptable aunque este lo solicite, y la Alianza Evangélica Latina alertó sobre el riesgo de promover una “cultura de la muerte”.

Estas posiciones no son meras opiniones. Tienen peso institucional, presencia territorial y capacidad real de movilización. Ignorarlas sería tan ingenuo como pretender que zanjan el debate: en una democracia laica, los argumentos religiosos son legítimos en el espacio público, pero no tienen poder de veto sobre los derechos individuales.

El caso Noelia

Noelia Castillo Ramos había nacido en Barcelona, hace 25 años. Su vida estuvo marcada desde siempre. Primero por el abandono familiar, drogas, dos agresiones sexuales y reiterados intentos de suicidio. En 2022, tras una violación en manada, tomó la decisión de suicidarse. No logró su cometido y quedó parapléjica. Desde entonces, comenzó a pedir la eutanasia, por medio de la Justicia.

 

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Después de dos años de batalla judicial -con su padre oponiéndose hasta el final- una junta médica de Barcelona confirmó que estaba en plenas capacidades para decidir y que su sufrimiento era irreversible. La justicia le dio la razón. El jueves 27 de marzo de 2026 le administraron las drogas letales en el centro sociosanitario Sant Camil, en Sant Pere de Ribes, Cataluña.

“Quiero dejar de sufrir, irme en paz”, había dicho el día anterior en una entrevista pública. Su madre, aunque en desacuerdo con la decisión, estuvo a su lado hasta el final. Su padre nunca cedió: su abogado acusó al sistema de haber aplicado la ley de eutanasia como si fuera una ley de suicidio asistido.

Afuera del hospital, decenas de personas se congregaron en su apoyo y en su contra. Entre ellas, integrantes de una iglesia evangélica que intentaron persuadirla para que los reconsiderara. Todo eso en una España donde se despenalizó la eutanasia en 2021. Noelia fue la persona más joven en ejercer ese derecho.

Enrique Garabetyan

 

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EXPERTO. Santiago Silberman, psicoanalista

 

Opinión

El caso Noelia: cuando el amor no alcanza para decidir por el otro

Por Santiago Silberman (*)

El caso de Noelia Castillo Ramos, la joven española de 25 años que recibió la eutanasia tras casi dos años de disputa judicial con su padre, incomoda incluso a quienes defienden el derecho a decidir sobre la propia muerte. No por lo que resuelve, sino por lo que deja abierto.

No voy a discutir si la eutanasia está bien o mal. Lo que me interesa es otra cosa: qué pasa cuando el deseo de uno y el del otro no solo no coinciden, sino que se vuelven incompatibles.

A diferencia del caso de Delfina Ferro, la joven argentina que murió en 2025 tras un cáncer cerebral irreversible y cuya voluntad fue acompañada hasta el final por su madre, el conflicto entre Noelia y su padre pone en evidencia un choque frontal de deseos: ella quería morir y él quería que viva.

Lacan formuló como nervio de todo vínculo humano la pregunta “¿qué quiere el Otro de mí?”, y en este caso esa pregunta no encuentra salida. Cuando amamos no solo deseamos el bien del otro, también pretendemos que el otro desee lo que nosotros consideramos bueno. En esa sustitución del deseo ajeno por el propio, el amor se acerca al control. Y en este punto, la pregunta fundamental ya no se trata de quién tiene razón, sino de quién es el deseo que está en juego.

Noelia no quería vivir y eso introduce una diferencia fundamental con la historia antes mencionada. En muchos casos asociados a la eutanasia, lo que se pierde es la posibilidad de vivir, pero no el deseo. Darío Lopérfido, que padeció ELA y escribió sobre su derecho a morir, decía: “Uno no puede decidir nacer, pero puede decidir morir” porque “vivir no debe ser obligatorio”. Y agregó algo que en el caso de Noelia se vuelve todavía más incómodo: “La eutanasia es la más liberal de las muertes y es mucho mejor que suicidarse”. En Lopérfido y en Delfina, el deseo de vivir seguía intacto; lo que se agotaba era la posibilidad. Noelia, en cambio, ya había intentado suicidarse.

Pero Noelia no era “una mujer deprimida que quería morir”, eso responde a una simplificación que puede resultar tranquilizante para algunos, pero no explica verdaderamente la profundidad de la causa. Por su parte, la Justicia tomó una decisión que estuvo basada en evaluaciones rigurosas, diagnósticos consistentes y de acuerdo a un criterio que se sostenía en el tiempo: el dolor era crónico, irreversible y sin tratamiento posible. No se avaló un capricho, sino un padecimiento certificado como irremediable.

Aun así, este caso se ubica en un borde:¿Dónde termina la eutanasia y dónde empieza el suicidio asistido?

En Duelo y melancolía, uno de los textos más influyentes de Freud, se plantea que en ciertos cuadros la agresión que debería dirigirse hacia afuera se vuelve contra el propio yo. La culpa, el dolor y la rabia se funden en un movimiento que busca acabar con el sufrimiento destruyendo a quien sufre. No se mata a sí mismo: mata al objeto de dolor que internalizó.

Noelia, en su última entrevista, dijo: “Yo me voy, ustedes se quedan con todo el dolor, pero ¿y todo el dolor que yo sufrí durante todos estos años?”. No pareciera ser la frase de alguien que elige morir en paz, sino de alguien que exige que su dolor sea reconocido. Le pidió a la entrevistadora que garantizara la emisión del reportaje, como quien deja una carta sobre la mesa antes de irse. Eso tiene estructura de mensaje póstumo, no de despedida.

Si bien este tipo de elecciones no ofrecen respuestas cómodas, nos sirve para recordar que el amor no alcanza para saber lo que el otro realmente necesita. Muchas veces, la pregunta más honesta no la encontramos en qué haríamos nosotros en su lugar, sino en si estamos dispuestos a escuchar el deseo de esa persona amada por más insoportable que nos resulte su pedido.

(*) Psicoanalista