
- El fenómeno Faustino Oro no solo sacude al ajedrez mundial: también se convirtió en un caso de estudio para la neurociencia contemporánea.
- Expertos como Mariano Sigman y Andrés Rieznik explican cómo interactúan predisposición biológica, estimulación cognitiva y aprendizaje intensivo en la formación de capacidades excepcionales.
Tenía diez años cuando se convirtió en maestro internacional de ajedrez. Ahora, a los doce, acaba de ingresar al olimpo del juego-ciencia como el segundo Gran Maestro más joven de todos los tiempos. La impresionante historia deportiva de Faustino Oro, que apenas aprendió a mover las piezas durante la pandemia, reinstala preguntas que la ciencia lleva siglos intentando responder: ¿cómo funciona un cerebro extraordinario? ¿Qué papel juegan la naturaleza y los genes junto a la crianza y los estímulos en la construcción de una persona excepcional?
La neurociencia moderna no tiene una respuesta simple. Pero sí suma datos cada vez más precisos que plantean algunas bases y proponen un mapa complejo y fascinante del talento humano.
¿Qué ocurre en la cabeza de Faustino y otros chicos prodigios cuando obtienen muy rápidamente resultados matemáticos, resolución de problemas o jugadas de jaque mate muy por encima del promedio de la gente?

La neurociencia tiene algunas respuestas, aunque parciales. Para Mariano Sigman, doctor en neurociencias, apasionado del ajedrez y uno de los organizadores del torneo que le otorgó la primera norma, el caso de Faustino no puede entenderse solo desde la biología. “El ajedrez es un lenguaje que se adquiere”, le dijo Sigman a NEOMUNDO, estableciendo un paralelo: así como algunos niños aprenden a leer con una fluidez que parece innata, Faustino “fluye” en el idioma de las piezas de ajedrez. No es solo que calcula rápido. Es que “percibe” el tablero de una manera cualitativamente distinta.
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Este experto también subrayó el impacto transformador de la inteligencia artificial en la formación de esta nueva generación de jugadores. “Con la IA, de repente, cualquier chico, en cualquier lugar, en Argentina o en la India, tiene a su alcance programas efectivos para aprender. Y estos les dan una forma distinta de jugar”, explicó. Los nuevos talentos ya no se forjaron viendo las partidas clásicas de Capablanca o Alekhine. Se entrenaron con motores que evalúan millones de posiciones por segundo. El resultado es un estilo diferente: más concreto, más calculado, a veces menos “poético” desde la teoría clásica, pero igualmente efectivo. Y algo parecido pasa en otros órdenes del razonamiento o del aprendizaje.
Lo básico: buenos genes y buena nutrición
La pregunta inevitable, antigua, pero siempre renovada a la luz de nuevas investigaciones en neurociencias, es si los chicos superdotados nacieron así o se hicieron “así”. La respuesta actual es: ambas cosas, en proporciones que se discuten intensamente.
Estudios publicados en diversas revistas de ciencia confirman que una elevada capacidad intelectual tiene un componente hereditario significativo; algunos trabajos estiman que entre el 50 y el 80 por ciento de la varianza en el cociente intelectual es atribuible a factores genéticos. Pero la genética fija un rango de posibilidades, no una certeza. Y las condiciones ambientales determinan cuánto de ese potencial se concreta.
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Entre esos factores ambientales está la nutrición adecuada en las etapas tempranas del desarrollo (los famosos primeros mil días de vida), que impacta directamente en la futura arquitectura neuronal. Se sabe que deficiencias de hierro, yodo o ácidos grasos omega-3 durante la gestación y la primera infancia pueden reducir de manera permanente el potencial cognitivo.
Además, la exposición prenatal a contaminantes (plomo, mercurio, ciertos pesticidas) tiene efectos documentados sobre el desarrollo cerebral. Claro que esto no significa que el talento se “compre” con una buena dieta, sino que las condiciones materiales y culturales de vida de una familia determinan en buena medida si un alto potencial genético puede, o no, expresarse.
“Todos los grandes jugadores, Messi, Maradona, entre otros, fueron prodigios, pero también hay chicos muy prometedores en sus disciplinas que luego, por distintas razones, en momentos complicados del desarrollo -la adolescencia, la juventud- pasan por periodos distintos y aparecen cambios de motivación y de prioridades que hacen que dejen de destacarse”, comentó Sigman.
Un destacado psicólogo e investigador estadounidense, K. Anders Ericsson, fue hasta hace unos años uno de los principales defensores del argumento que basaba la genialidad y el alto rendimiento de una persona en el esfuerzo de miles y miles de horas de entrenamiento enfocado y estructurado. La “práctica deliberada” era más “fuerte” que el talento innato y genéticamente determinado. Pero hoy el consenso científico indica que un superdotado, en cualquier campo intelectual o musical, es el resultado de la interacción entre la naturaleza y la crianza; entre los genes correctos, que habilitan, pero “criados” en un entorno de crianza que proporciona los recursos para sobresalir.
En esta línea, el neurocientífico Andrés Rieznik, que investiga aprendizaje y cognición, sostiene que lo que entrena el cerebro no es el ajedrez en sí, sino el esfuerzo mental que exige cualquier actividad que nos saque de la zona de confort. “La neurociencia sabe que el cerebro va a desarrollarse correctamente y mantenerse en forma en la medida que hace ‘esfuerzo mental’. El ajedrez implica muchos procesos cognitivos, pero hay un montón de otros juegos y actividades que también sirven para el desarrollo cognitivo”.
El ajedrez como “gimnasio mental” para formar cerebros flexibles
Para el columnista y divulgador del ajedrez Leontxo García, el mayor error contemporáneo es creer que el ajedrez solo sirve para fabricar campeones. Más bien sostiene que el verdadero valor del tablero está en su capacidad para formar mejores seres humanos. Según García, utilizado como herramienta educativa -y no solamente competitiva- el ajedrez fortalece la atención, la memoria, la concentración, la comprensión lectora y el rendimiento matemático. Pero además trabaja aspectos decisivos para funcionar en el siglo XXI: la inteligencia emocional, la autocrítica, el control de impulsos y el pensamiento flexible.

En sus experiencias con este juego enseñado en jardines de infantes, los niños ni siquiera juegan partidas formales. Aprenden moviéndose sobre tableros gigantes pintados en el piso, convirtiéndose ellos mismos en “piezas” mientras ejercitan lateralidad, psicomotricidad, espera de turnos y respeto por reglas compartidas.
Uno de los conceptos que más enfatiza el divulgador español es “aprender a perder”. A diferencia de otros deportes, dice, en ajedrez no hay árbitro, clima ni azar a quien culpar: el jugador debe revisar sus propios errores. Esa gimnasia mental, asegura, termina trasladándose a la vida cotidiana.
Para García, el gran desafío educativo ya no consiste en acumular información, sino en enseñar a pensar con creatividad en un mundo donde muchos niños trabajarán mañana en profesiones que todavía no existen.
Enrique Garabetyan




